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María es la primera y más perfecta Amadora de Cristo

 

 “De María, nunquam satis”, nos dejó escrito san Bernardo; y es que, verdaderamente, nunca diremos suficiente de quien hizo posible, con su fiat, la redención del género humano.

Los cuatro dogmas que sobre la Reina de la Creación formula la Santa Iglesia Católica: Que es Madre de Dios; que fue concebida Inmaculada; que su Virginidad es perpetua, y que fue asunta al cielo, quizá no tarden en acompañarse de un quinto dogma: María Corredentora. Y es que si María no hubiese dado su sí a Dios, la redención no se hubiera producido, al no encarnarse el Verbo.

¿No es maravilloso contemplar cómo, desde antes de la creación del Universo, Dios mismo ya tenía el germen Inmaculado de María preservado de toda impureza? Y es que a la que, como esposa virginal del Espíritu Santo, concebiría a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, dando su carne y su sangre al Verbo encarnado en sus entrañas, ¿no iba Dios a crearla perfecta en grado sumo y por encima de cualquier ser creado? Sí, efectivamente: María es de tal perfección que nunca podremos decir bastante de sus atributos.

Cuando María, al oír el anuncio que le transmite el arcángel san Gabriel, se turbó grandemente debido a la humildad fruto de su santidad, no duda un solo instante de que cuanto está contemplando y oyendo viene directamente de Dios, pues su fe es inquebrantable, y no existe en ella el más mínimo atisbo de duda, ya que al contestar a san Gabriel que ¿cómo será eso, pues no conozco varón? no está expresando desconfianza o incredulidad, sino reafirmándose en su preciosa Virginidad.

¡Qué lección magistral de humildad y obediencia la de María ante el anuncio del arcángel! Se le dice que concebirá al que será llamado Hijo de Dios, pues el Espíritu Santo vendrá sobre ella y la fuerza del Altísimo la cubrirá con su sombra y, en vez de poner trabas o mostrar recelo ante anuncio tan insólito, se declara esclava del Señor. En el siglo XXI es difícil comprender la trascendencia de esa afirmación, pues la esclavitud, entendida como tal, prácticamente ha desaparecido; pero, en la época en que vivía María, el esclavo no era dueño de sí mismo, pues pertenecía totalmente a su amo, por lo que hasta su vida dependía del capricho de él, y María veía ejemplos de ello a diario. Por eso, al declararse esclava del Señor, María era perfectamente consciente de que, por voluntad propia, perdía totalmente su libertad; es decir, se anonadaba en grado sumo, hasta prácticamente desaparecer para integrarse en Aquel de quien se declaraba esclava.

Realmente nunquam satis, pues María no se conforma con ser esclava del Señor, sino que, pudiendo decir a san Gabriel que haría lo que acababa de oír, como es casi seguro que cualquiera de nosotros habría dicho, ella confirma su esclavitud y su anonadamiento total, respondiendo: hágase en mí según tu palabra. ¡María se deja hacer!, sin poner impedimento alguno a la acción de Dios en ella.


Imagen: La Anunciación, de Paolo de Matteis (1662-1728)

Debemos conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento



De las cartas de santa Margarita María de Alacoque, virgen
(Vie et oeuvres 2, París 1915, 321. 336. 493. 554)


Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito.

De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro Señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento del altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de tu Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras.» Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: «Acepta lo que te manda el sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí.»

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente.

"El mal menor"



En una de las grabaciones publicadas en este blog, el Espíritu Santo nos mostraba que, cuando pecamos, con ser muy importante la gravedad del pecado concreto, que lo es, es accesoria pues, como en el caso de las enfermedades, tengamos un cáncer o un resfriado, careceremos de salud: lo verdaderamente terrible del pecado, aparte de su gravedad, es que con él nos separamos de Dios y dejamos de amarle, nos enfrentamos a Él, le ignoramos, poniéndonos nosotros en su lugar.

Hay momentos en nuestra vida en los que parece que hemos de decidir optar por lo “menos malo”, y no somos capaces de ver las consecuencias que puede tener tomar una decisión así. Si, utilizando nuestra fe y moral católica, lo pensamos detenidamente, nos damos cuenta de que esa decisión nos coloca fuera de la Iglesia: el mal es la negación del bien, la ausencia de bien; puesto que Dios es el Bien absoluto, con esa postura nos separamos de Él, le negamos pues, aunque sea optando por el “mal menor”, seguimos negando el Bien, que es Dios, por pequeño que, ante nuestros ojos, sea el mal elegido.

¿Tan difícil es ser coherentes con nuestra fe católica? ¿Tan débil es nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad? ¿Acaso no somos capaces de aceptar que la providencia divina nos ayuda a encontrar siempre el bien? Efectivamente: Dios es el Bien absoluto y siempre está a nuestro lado para protegernos y ayudarnos a alcanzarlo. No tenemos excusa: “Si el afligido clama al Señor, Él lo escucha”.

No nos dejemos engañar por el enemigo: no aceptemos, en situación alguna, el “mal menor” sino, por el contrario, luchemos por hacer la voluntad de Dios, que siempre está en hacer el bien. Si se lo pedimos a Él, sin duda nos mostrará con claridad el camino a seguir, en la senda del bien.

Imitemos a María: Ella nunca eligió “el mal menor”; por el contrario, se hizo la esclava del Señor y le pidió que se hiciese en ella su voluntad. A nosotros, como a los siervos de Caná, nos dice: “Haced lo que Él os diga”. Y Él nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. ¿Seguiremos dudando y escogeremos el “mal menor”?...

Los cristianos en el mundo

De la carta a Diogneto
(Caps. 5-6: Funk 1, 397-401)


Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor: Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.

El Amador de Cristo


El AMADOR DE CRISTO resarcirá la indiferencia y frialdad de los corazones consagrados a Dios. Durante el día, y particularmente entre las nueve de la noche y seis de la mañana, se unirá al coro de los Serafines para hacer con ellos actos de amor al Sagrado Corazón de Jesús, pidiéndoles que mientras le dure el sueño suplan por él en la presencia de Jesús Sacramentado; antes de acostarse le visitará y dejará encerrado su corazón en el Sagrario. Al acostarse dirá: “Yo duermo, pero mi corazón vela en el de mi Amado”. Si despierta por la noche, únase en espíritu a los celestiales amadores que deja en su lugar.

En la oración de la mañana le dará las gracias, y renovará la protestación de amor al Sagrado Corazón de Jesús, suplicándole que encienda el fuego de su divina caridad, casi extinguido en todos los corazones tibios y lánguidos, para que ahora y eternamente vivamos todos abrasados en sus amorosas llamas.

Dirá tres veces: “¡Oh Corazón amabilísimo!, arda nuestro corazón en el fuego del vuestro en tiempo y eternidad”.

Gran virtud del AMADOR DE CRISTO será la fidelidad de la esposa que roba el corazón de su Esposo con puros y ardientes afectos. Exactitud en las cosas pequeñas, todo por amor, y en todo animado del amor.

ORACIÓN

¡Oh Corazón amantísimo de Jesús!, fragua divina donde arde aquel amoroso fuego que vinisteis a traer a la tierra, y en que con tanto ahínco deseáis ver encendidos nuestros pechos. Ardan, Señor, hasta consumirse en esa llama suavísima. Ángeles de la corte celestial, os suplico rendidamente digáis al Autor de mi vida que desfallezco de amor.

¡Oh mi amado Jesucristo! Deseo amaros por los que no os aman ni corresponden a vuestras finezas. A este fin uno mis débiles afectos a los encendidísimos de los Serafines, a quienes pido que amen por mí y por todos los mortales al Sagrado Corazón de Jesús y que suplan mi tibieza y el tiempo en que, ocupado en el sueño o en otra cosa, dejo de amarle.

MAXIMA: Nadie puede alcanzar la posesión del cielo, donde se goza la plenitud del amor, si el mismo amor no le acompaña en el camino.

JACULATORIA: Corazón de mi amable Salvador, haz que arda y siempre crezca en mi tu amor.

ORACIÓN DEL AMADOR DE CRISTO



¡Oh Corazón amantísimo de Jesús! fragua divina donde arde aquel amoroso fuego que vinisteis a traer a la tierra, y en que con tanto ahínco deseáis ver encendidos nuestros pechos. Ardan, Señor, hasta consumirse en esa llama suavísima. Ángeles de la corte celestial, os suplico rendidamente digáis al Autor de mi vida que desfallezco de amor.

¡Oh mi amado Jesús! Deseo amaros por los que no os aman ni corresponden a vuestras finezas. A este fin uno mis débiles afectos a los encendidísimos de los Serafines a quienes pido que amen por mí y por todos los mortales al Sagrado Corazón de Jesús, y que suplan mi tibieza y el tiempo en que, ocupado en el sueño o en otra cosa, dejo de amarle.

Corazón de mi amable Salvador, haz que arda y siempre crezca en mí tu amor.

Cristo hace que el amor de los amadores de Cristo sea como el suyo



De los nombres de Cristo, de Fray Luis De León. Libro III, Amado (25, 26 y 27).


Que si los hombres y los ángeles amaran a Cristo de su cosecha, y a la manera de su poder natural, y según su sola condición y sus fuerzas, que es decir al estilo tosco suyo y conforme a su aldea, bien se pudiera tener su amor para con Él por tibio y por flaco. Mas si miramos quién los atiza de dentro, y quién los despierta y favorece para que le puedan amar, y quién principalmente cría el amor en sus almas, luego vemos no solamente que es amor de extraordinario metal, sino también que es incomparablemente ardentísimo, porque el Espíritu Santo mismo, que es de su propiedad el amor, nos enciende de sí para con Cristo, lanzándose por nuestras entrañas, según lo que dice San Pablo: «La caridad de Dios nos ha sido derramada por los corazones por el Espíritu Santo, que nos han dado.»

Pues ¿qué no será, o cuáles quilates le faltarán, o a qué fineza no allegará el amor que Dios en el hombre hace, y que enciende con el soplo de su Espíritu propio? ¿Podrá ser menos que amor nacido de Dios y, por la misma razón, digno de Él, y hecho a la manera del cielo, adonde los serafines se abrasan? O ¿será posible que la idea, como si dijésemos, del amor, y el amor con que Dios mismo se ama críe amor en mí que no sea en firmeza fortísimo, y en blandura dulcísimo, y en propósito determinado para todo y osado, y en ardor fuego, y en perseverancia perpetuo y en unidad estrechísimo? Sombra son sin duda, Sabino, y ensayos muy imperfectos de amor, los amores todos con que los hombres se aman, comparados con el fuego que arde en los amadores de Cristo, que por eso se llama por excelencia el Amado, porque hace Dios en nosotros, para que le amemos, un amor diferenciado de los otros amores, y muy aventajado entre todos.

Mas ¿qué no hará por afinar el amor de Cristo en nosotros quien es Padre de Cristo, quien le ama como a único Hijo quien tiene puesta en sólo Él toda su satisfacción y su amor? Que así dice San Pablo de Dios, que Jesucristo es su Hijo de amor, que es decir, según la propiedad de su lengua, que es el Hijo a quien ama Dios con extremo. Pues si nace de este divino Padre que amemos nosotros a Cristo, su Hijo, cierto es que nos encenderá a que le amemos, si no en el grado que Él le ama, a lo menos en la manera que le ama Él. Y cierto es que hará que el amor de los amadores de Cristo sea como el suyo, y de aquel linaje y metal único, verdadero, dulce, cual nunca en la tierra se conoce ni ve: porque siempre mide Dios los medios con el fin que pretende. Y en que los hombres amen a Cristo, su Hijo, que les hizo Hombre, no sólo para que les fuese Señor, sino para que tuviesen en Él la fuente de todo su bien y tesoro; así que en que los hombres le amen, no solamente pretende que se le dé su debido, sino pretende también que, por medio del amor, se hagan unos con Él y participen sus naturalezas humana y divina, para que de esta manera se les comuniquen sus bienes. Como Orígenes dice: «Derrámase la abundancia de la caridad en los corazones de los santos para que por ella participen de la naturaleza de Dios, y para que, por medio de este don del Espíritu Santo, se cumpla en ellos aquella palabra del Señor: Como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti, sean éstos así unos en nosotros: conviene a saber, comunicándoseles nuestra naturaleza por medio del amor abundantísimo que les comunica el Espíritu.»

En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor


De la narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma.
(Manuscrits autobiographiques, Lisieux 1957, 227-229)


Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: “Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado.»

Él nos amó primero



Del tratado de Guillermo, abad del monasterio de San Teodorico, sobre la contemplación de Dios
(Núms. 9-11: SC 61, 90-96)



Tú eres en verdad el único Señor, tú, cuyo dominio sobre nosotros es nuestra salvación; y nuestro servicio a ti no es otra cosa que ser salvados por ti.

¿Cuál es tu salvación, Señor, origen de la salvación, y cuál tu bendición sobre tu pueblo, sino el hecho de que hemos recibido de ti el don de amarte y de ser por ti amados?

Por esto has querido que el Hijo de tu diestra, el hombre que has confirmado para ti, sea llamado Jesús, es decir, Salvador, porque él salvará a su pueblo de los pecados, y ningún otro puede salvar.

El nos ha enseñado a amarlo cuando, antes que nadie, nos ha amado hasta la muerte en la cruz. Por su amor y afecto suscita en nosotros el amor hacia él, que fue el primero en amarnos hasta el extremo.

Así es, desde luego. Tú nos amaste primero para que nosotros te amáramos. No es que tengas necesidad de ser amado por nosotros; pero nos habías hecho para algo que no podíamos ser sin amarte.

Por eso, habiendo hablado antiguamente a nuestros padres por los profetas, en distintas ocasiones y de muchas maneras, en estos últimos días nos has hablado por medio del Hijo, tu Palabra, por quien los cielos han sido consolidados y cuyo soplo produjo todos sus ejércitos.

Para ti, hablar por medio de tu Hijo no significó otra cosa que poner a meridiana luz, es decir, manifestar abiertamente, cuánto y cómo nos amaste, tú que no perdonaste a tu propio Hijo, sino que lo entregaste por todos nosotros. El también nos amó y se entregó por nosotros.

Tal es la Palabra que tú nos dirigiste, Señor: el Verbo todopoderoso, que, en medio del silencio que mantenían todos los seres —es decir, el abismo del error—, vino desde el trono real de los cielos a destruir enérgicamente los errores y a hacer prevalecer dulcemente el amor.

Y todo lo que hizo, todo lo que dijo sobre la tierra, hasta los oprobios, los salivazos y las bofetadas, hasta la cruz y el sepulcro, no fue otra cosa que la palabra que tú nos dirigías por medio de tu Hijo, provocando y suscitando, con tu amor, nuestro amor hacia ti.

Sabías, en efecto, Dios creador de las almas, que las almas de los hombres no pueden ser constreñidas a ese afecto, sino que conviene estimularlo; porque donde hay coacción, no hay libertad, y donde no hay libertad, no existe justicia tampoco.

Quisiste, pues, que te amáramos los que no podíamos ser salvados por la justicia, sino por el amor; pero no podíamos tampoco amarte sin que este amor procediera de ti. Así pues, Señor, como dice tu apóstol predilecto, y como también aquí hemos dicho, tú nos amaste primero; y te adelantas en el amor a todos los que te aman.

Nosotros, en cambio, te amamos con el afecto amoroso que tú has depositado en nuestro interior. Por el contrario, tú, el más bueno y el sumo bien, amas con un amor que es tu bondad misma, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, el cual, desde el comienzo de la creación, se cierne sobre las aguas, es decir, sobre las mentes fluctuantes de los hombres, ofreciéndose a todos, atrayendo hacia sí a todas las cosas, inspirando, aspirando, protegiendo de lo dañino, favoreciendo lo beneficioso, uniendo a Dios con nosotros y a nosotros con Dios.

Ama al Señor y sigue sus caminos



De los sermones de Juan Mediocre de Nápoles, obispo
(Sermón 7: PLS 4,785-786)


El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. El veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. El es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.

Del modo cómo se practica el sagrado reposo del alma recogida en su Amado



Del Tratado del amor de Dios, de san Francisco de Sales, Obispo.
(Libro sexto, capítulo IX)


¿No has contemplado alguna vez, oh Teótimo, el ardor con que los pequeñuelos se juntan al pecho de sus madres, cuando tienen hambre? Véseles murmurar dulcemente, apretar y oprimir el pecho con la boca, extrayendo tan ávidamente la leche, que hasta llegan a causar dolor a sus madres. Mas después que el frescor de la leche ha calmado un poco el calor apetitoso de sus pechecitos, y que los agradables vapores que envían a su cerebro comienzan a adormecerlos, los verás, oh Teótimo, cerrar encantadoramente sus ojitos y ceder poco a poco al sueño, sin dejar, sin embargo, el pecho de la madre, sobre el cual no hacen ninguna otra cosa que un pequeño y casi insensible movimiento con sus labios, mediante el cual atraen continuamente la leche, que tragan de un modo imperceptible.

Y esto lo hacen sin pensar en ello, mas no, ciertamente, sin placer, porque si se les quita el pecho antes que un sueño profundo los haya completamente rendido, despiértanse y lloran amargamente, mostrando de este modo la dulzura que experimentaban.

Pues de igual modo sucede con el alma que está en reposo y quietud delante de Dios; porque ella gusta de manera casi insensible la dulzura de su presencia, sin discurrir, sin obrar y sin hacer cosa alguna por ninguna de sus facultades, sino por la sola extremidad o parte más elevada de la voluntad, que ella mueve dulce y casi imperceptiblemente, como la boca por donde se comunica el deleite y la hartura insensible que recibe en gozar de la presencia divina. Y si se la incomoda o molesta, por parecer que está dormida, muestra entonces muy claramente que, aunque duerme para todas las demás cosas, no duerme, sin embargo, para ésta; porque ella percibe el mal de esta separación y se disgusta de ello, mostrando de este modo el placer que tenía, aunque sin advertirlo, en el bien que poseía. La bienaventurada Madre Teresa de Jesús (1) encontraba esta semejanza muy a propósito, por lo que yo he querido así declararla.

Mas ¿por qué, oh Teótimo, necesitaría moverse y desasosegarse el alma recogida en Dios? ¿No tiene ella motivo para aquietarse y permanecer en reposo? Porque ¿qué buscaría, habiendo encontrado ya a Aquel que buscaba? Y, por tanto, ¿qué le resta sino decir: Encontré a mi Amado, asíle y no le soltaré? (Cant., 3, 4). No tiene ya necesidad de entretenerse en discurrir con el entendimiento, porque ve presente, con una tan dulce vista, a su Esposo, que los discursos serían inútiles y superfluos. Y si no le ve por el entendimiento, no se apena ni toma cuidado por ello, contentándose con sentirle cerca de sí por la alegría y satisfacción que la voluntad recibe.

Cuando la Madre de Dios, nuestra Señora, encontrábase embarazada, no veía a su divino Hijo; mas sintiéndole en sus sacratísimas entrañas, ¡qué contento experimentaba! Y Santa Isabel, ¿no gozó igualmente en un grado admirable de los frutos de la divina presencia del Salvador, sin verle, al recibir la santa visita de la Madre de Dios y Señora nuestra?

El alma tampoco tiene necesidad, en este reposo, de la memoria, porque tiene presente a su Amante; no tiene, igualmente, necesidad de la imaginación, porque ¿qué necesidad hay de representarse en imagen, sea exterior, sea interior, a Aquel de cuya presencia se goza? De suerte que es, finalmente, la sola voluntad quien atrae dulcemente la suave leche de esta divina presencia, permaneciendo lo restante del alma en quietud con ella, por la suavidad del placer que recibe.

El vino enmelado sirve, no solamente para atraer y hacer volver a las abejas a la colmena, sino también para apaciguarlas. Porque, cuando mueven sediciones y revueltas entre sí, matándose y destruyéndose las unas a las otras, el colmenero no tiene mejor remedio que lanzar en medio de esta multitud alborotada vino enmelado, pues no bien sienten las abejas este suave y agradable olor, se sosiegan, y atraídas y engolosinadas con el goce de esta dulzura, quedan quietas y tranquilas.

¡Oh Dios mío!, cuando por vuestra dulce presencia arrojáis en nuestros corazones los olorosos perfumes que alegran más que el vino delicioso (Cant., 4, 10) y que la miel, entonces todas las potencias de nuestras almas entran en un agradable reposo, con un aquietamiento tan perfecto, que no subsiste en ellas ningún otro sentimiento que el de la voluntad, la cual, como olfato espiritual, queda dulcemente aficionada y empeñada en sentir, sin advertirlo, el bien incomparable de la presencia divina.
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(1) Camino de perfección, c. 32.

Hermosa obligación del hombre: orar y amar



De una catequesis de san Juan María Vianney (santo Cura de Ars), presbítero, sobre la oración

(A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, París 1899, pp. 87-89)


Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: “Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...” Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

Dios es amor

De la primera carta del apóstol san Juan (4, 11-21)


Queridos hermanos: Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.

En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero.

Si alguno dice: « Amo a Dios », y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano.