EJERCICIO PIADOSO DEL VIA CRUCIS


OFRECIMIENTO


Altísimo Señor mío y Dios eterno: ofrezco a vuestra Majestad infinita, todo lo que en este santo ejercicio puedo ofreceros, y las indulgencias que están concedidas por los sumos Pontífices, las cuales intento ganar y las aplico por las ánimas benditas del purgatorio, y por lo que mi Señor Jesucristo en estos pasos padeció. Os suplico, Señor, las alivies de sus penas y me concedáis dolor verdadero de mis pecados, para que logre los frutos de la pasión de vuestro Santísimo Hijo, por quien os pido por la dilatación de la fe, por el estado de la santa Iglesia y el de esta monarquía; paz y concordia entre los príncipes cristianos, extirpación de las herejías, por los que están en pecado mortal y a la hora de la muerte, por mis enemigos, amigos, parientes y bienhechores, y por todos aquellos que se me han encomendado, y por todos aquellos fines y motivos de vuestro mayor agrado. Amén.




PRIMERA ESTACIÓN



Considera alma perdida

que en aqueste paso fuerte

dieron sentencia de muerte

al Redentor de la vida.




Considera alma en esta primera estación, cómo aquel inicuo juez condenó a muerte de cruz a la Majestad de Cristo Señor nuestro, con esta formidable sentencia: yo Poncio Pilato, presidente por el romano imperio, aquí en Jerusalén juzgo y sentencio a Jesús, llamado de la plebe nazareno, hombre sedicioso, contrario a la ley y a nuestro senado, y por esta mi sentencia, determino que su muerte sea en cruz, fijado con clavos, a usanza de reos, porque aquí juntando mucha gente, revuelve a la plebe, levantando tumultos por toda Judea, haciéndose hijo de Dios y rey de Israel, y con amenazarles ruina de esta tan insigne ciudad y su templo, negando el tributo al César, y por haber tenido atrevimiento de entrar en esta ciudad de Jerusalén con ramos y triunfo, acompañado con gran parte de la plebe, mando al primer centurión que le lleve por las calles de dicha ciudad a la vergüenza, y ligado, así como está, lleve la cruz a cuestas, en la cual ha de ser crucificado, vaya en medio de otros dos ladrones, que así mismo están condenados a muerte por hurtos y homicidios que han cometido, para que de esta suerte sea conocido y sirva de ejemplo y escarmiento a todos los malhechores; vaya así mismo delante un pregonero que a voces publique sus delitos, y después le saquen de la ciudad y sea llevado al monte Calvario, donde se acostumbran a ejecutar y hacer las justicias de los malhechores facinerosos, y allí fijado y crucificado en la cruz, quede su cuerpo colgado entre los dos ladrones, y sobre la cruz sea puesto este título: este es Jesús nazareno, rey de los judíos, y para que de todos sea más conocido se escriba en las tres lenguas, hebrea, griega y latina: asimismo, mando so pena de perdición de bienes, que ninguno se atreva a impedir esta mi sentencia, sino que se ejecute con todo rigor.

A todo esto, estaba la Majestad de Cristo Señor nuestro en pie, como reo, y sin abrir su boca: con gran gusto y placer admitió el Señor esta inicua sentencia por librarnos a nosotros de la sentencia que por nuestros pecados teníamos tan merecidos. Pidamos, pues, a este divino Señor que revoque la sentencia que han merecido nuestros pecados, y arrepintiéndonos de ellos digamos de todo corazón. Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




SEGUNDA ESTACIÓN



Pecador, mira a Jesús

con la cruz que le has cargado,

que te dice lastimado,

tus pecados son mi cruz.




Considera alma en esta segunda estación, cómo leída la sentencia, aquellos ministros de maldad cargaron sobre los hombros delicados y llagados de Jesús la pesada cruz, que tenía quince pies de larga, y para mayor tormento le ataron dos sogas a la garganta, para tirar de ellas y hacer caer muchas veces a su Majestad: comenzó el pregón de sentencia, y entre toda aquella multitud confusa de ministros y soldados, con grande vocería comenzó aquella desconcertada procesión desde la casa de Pilato para el monte Calvario. Contempla pues, alma mía, con cuanto amor y júbilo se abrazó el inocente Jesús con aquel pesado leño en que había de ser crucificado. ¡Oh que dulces palabras le dijo! ¡Oh cruz deseada de mi alma, ven a mí, amada mía, para morir en viaje del cielo! En ti hallarán misericordia los míseros hijos de Eva; tú has de ser la llave con que yo les abra las puertas del cielo; ¡tú serás el tesoro donde halle remedio su pobreza! ¡Aliéntate, pues, alma mía, con este ejemplo, para admitir gustoso la penitencia, y con dolor de haber ofendido a este Señor cargando sobre sus delicados hombros la pesada carga de tus culpas, dile arrepentido: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




TERCERA ESTACIÓN



El que a los cielos crió

y a la tierra le dio el ser;

por tu amor quiso caer

al tercer paso que dio.




Considera alma en esta tercera estación, cómo caminando la Majestad suprema de los Cielos con la santa cruz, los ministros que lo llevaban tiran de la soga que llevaba al cuello y con el grave peso de la cruz dio primera vez en tierra, con la cual se le renovaron todas sus llagas, y se le abrieron de nuevo otras dos en las rodillas y en el hombro donde llevaba la cruz. Y con este golpe como la cruz tocaba con la corona de espinas le penetraron de nuevo su sagrada cabeza. Considera, pues, cuál es la gravedad de tus culpas, pues al mismo Señor de los Cielos, que con su poder sostiene toda la tierra, le hacen dar en ella; levántate, pues, alma mía, y con sumo dolor, di de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




CUARTA ESTACIÓN



Considera cuál sería,

en tan reciproco amor

la pena del Salvador

y el martirio de María.




Considera alma en esta cuarta estación, como la madre de nuestro Señor Jesucristo, María Santísima, Señora nuestra, deseosa de ver a su hijo y acompañarle en sus trabajos, hasta que su Majestad expirase en la cruz, ¡procuró con grandes ansias salir al encuentro a su Majestad! ¡Oh que dichos no oyó aquella paloma cándida de las bocas de aquel astuto pueblo; unos se compadecían de ella, otros la decían, mira en lo que ha parado tu hijo. Con esta amargura y con el conocimiento que de todo tenía, hacía en su purísimo pecho tal eco que hubiera perdido la vida, si el mismo Señor no se la hubiera conservado milagrosamente. Entre toda esta confusión salió a una boca calle donde cara a cara se vieron hijo y madre, y sin poderse hablar quedaron traspasados de dolor reciproco aquellos dos corazones, pero con el corazón habló la Virgen a su santísimo hijo y le dijo: hijo mío y Dios eterno, lumbre de mis ojos y vida de mi alma, recibid, Señor, el sacrificio doloroso de no poder aliviaros el peso de esa tan pesada cruz, pues quisiera yo llevarla y morir por vos en ella, como vos queréis morir por los hombres. ¡Oh caridad inmensa! ¡Oh amor infinito, si todos los corazones y voluntades de los mortales estuvieran en la mía, para que no os dieran tan mala correspondiente a lo que por todos padecéis! ¡Oh mortales у lo que costáis a vuestro Criador y Redentor! Duélete, pues, alma, de ver a Cristo y su Madre tan afligidos, y siendo tus culpas la causa de su aflicción, di de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




QUINTA ESTACIÓN



Perdió la ira el compás,

cuando dispuso severa,

que algo menos padeciera

porque padeciera más.




Considera alma en esta quinta estación, cómo caminando la Majestad de Cristo Señor nuestro, iba tan cansado con el peso de la cruz, que no podía dar un paso, porque como iba tan desangrado, y la cruz era tan pesada, nadie le ayudaba y todos huían de la cruz y se tenían por afrentados si la tocaban; por eso los ministros alquilaron a un hombre llamado Simón Cireneo, para que le ayudase a llevar la cruz, porque temían que se les muriese en el camino, y ellos deseaban verle crucificado: aquí, pues, alma, nos convida nuestro Salvador para que le ayudemos a llevar la cruz, procurando acompañarle con la consideración de lo que por nosotros padeció, para que así conozcamos la gravedad de nuestras culpas, y así digamos de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




SEXTA ESTACIÓN



Imita la compasión

de la Verónica y su manto,

si de Cristo el rostro santo

quieres en tu corazón.




Considera alma en esta sexta estación, cómo una devota mujer viendo a nuestro Redentor Jesús tan afligido y desfigurado su rostro con el sudor, polvo y salivas que le arrojaban, movida de piedad se quitó un lienzo y con él le limpió el rostro, y el Señor en premio de ese beneficio la hizo otro mayor, que fue quedar en el lienzo estampado milagrosamente en tres partes. ¡Oh soberano Señor, tan magnifico y liberal, que no te impiden tantos dolores y afrentas para comunicar al que te busca. Ruégote, Jesús de mi alma, que ofreciéndote yo mi corazón contrito y humillado, estampes en él la imagen de tu divina gracia, borrada y afeada con mis pecados, y de haberlos cometido y afeado, con ellos mi alma imagen tuya, digamos de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




SÉPTIMA ESTACIÓN



Tus culpas fueron las sogas

y el peso que le rindió:

si segunda vez cayó

¿cómo en llanto no te ahogas?



Considera alma en esta séptima estación, cómo caminando la Majestad de Jesús para mayor afrenta, al salir por la puerta de la ciudad, a vista de toda aquella multitud de gente que le seguía, segunda vez cayó en tierra con la santa cruz, que era tan grande, que aun con la ayuda de Simón Cireneo no la podía el Señor sostener, por ir tan cansado ya su Majestad que no podía dar un paso; y hubiera muerto en este camino al no detener su Majestad la muerte para morir en la cruz, y pasar más y más tormentos por los pecadores. Ruégote, Jesús de mi alma, que por esta segunda caída no nos dejes caer más en la culpa, y de haber caído tantas veces, digamos de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.



OCTAVA ESTACIÓN



Si a llorar Cristo te enseña

y no aprendes la lección,

o no tienes corazón

o será de bronce o peña.




Considera alma en esta octava estación, cómo entre la mucha gente que seguía al Señor, iban unas mujeres y lloraban amargamente viendo al Señor padecer tanto, y el maestro de la vida, Jesús, olvidado de sus dolores, se volvió a las mujeres para enseñarlas cómo habían de llorar y las dijo: hijas de Jerusalén no queráis llorar sobre mí, sino llorar sobre vosotras mismas y sobre vuestros hijos, porque días vendrán en que dirán: bienaventuradas las estériles que nunca tuvieron hijos, ni les dieron leche de sus pechos. Entonces comenzaron a decir a los montes, caed sobre nosotros, y a los collados enterradnos; porque si estas cosas pasan en el madero verde, que será en el que está seco. Que fue decirnos a todos y enseñarnos como debemos llorar nuestros pecados, que son los hijos, por cuya causa padeció el Señor. Advirtiendo que si por los pecados ajenos padeció el Señor de las virtudes tanto, ¿qué tormentos los aguardan a los que cometiéndolos no los lloran de corazón ni hacen penitencia de ellos?

¡Oh desdichados pecadores, pues si no confesáis y lloráis vuestras culpas, más os valiera no haber nacido! Pues, Señor, suplico a vuestra Majestad se digne enseñarme a llorar, para que así merezca el perdón de mis culpas, diciendo de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




NONA ESTACIÓN



Considera cuán tirano

serás con Jesús rendido,

si en tres veces que ha caído,

no le das una la mano.




Considera alma en esta nona estación, cómo habiendo llegado nuestro Salvador al pie del monte Calvario iba ya tan sin fuerzas y tan desangrado, que tercera vez dio en tierra con la santa cruz, y los sayones dándole muchas puñadas y puntapiés y tirándolo de la soga que llevaba al cuello, le obligaron a levantar, y queriendo el Señor levantarse no pudo, antes volvió a caer de nuevo, abriéndosele todas las llagas con este golpe; pero los sedientos lobos de la sangre de este cordero, diciéndole muchas blasfemias le obligaron a que como arrastrando se levantase y cargase con la cruz, para que cuanto antes llegase a lo alto de aquel monte, donde había de ser crucificado. ¡Oh excesos de amor divino que a cada paso los vas con tu paciencia multiplicando! Multiplica, Señor, el dolor de mis culpas, para que desecho en lágrimas mi corazón no vuelva a caer más en ella. Por los dolores y tormentos que en esta estación padeciste, dadme Señor, paciencia para sufrir con ella por tu amor todos los trabajos, diciendo de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




DÉCIMA ESTACIÓN



A la misma honestidad

los verdugos desnudaron,

y las llagas renovaron

con inhumana crueldad.




Considera alma en esta décima estación, cómo llegaría el Señor a lo alto de aquel monte, que era donde ajusticiaban a los facinerosos, de cuyos cuerpos podridos estaba lleno, y del mal olor que exhalaba: llegó pues, el Señor tan fatigado, que todo él era una llaga; diéronle aquí al Señor a beber un vaso de vino mezclado con hiel muy amarga, y luego los verdugos comenzaron con grande ignominia a desnudar al Señor; quitáronle la túnica sagrada, y como era larga se la sacaron por la cabeza, y con la violencia que tiraron sacaron la corona de espinas quedando muchas de ellas metidas en la cabeza, y como la túnica se le había pegado a las llagas, con la crueldad con que tiraron sacaron la carne pegada a la túnica, quedando el Señor desnudo, no solo de la túnica sino también desnudo de su misma carne divinizada, de tal suerte que se le veían los huesos, pero sin carne: contempla pues, alma mía, cuál quedaría este Señor de los Cielos desnudo delante de todo aquel pueblo.

¡Oh ángeles que aquesto miráis! ¿Cuál sería vuestra admiración viendo a vuestro Criador desnudo por los hombres por quienes padecía? ¡Oh Virgen Santísima! ¿Cuál quedaría vuestro corazón certísimo con tal vista?; pero ¡cómo no se desvanece vuestra vanidad y locura a vista de este ejemplar! Ea, Señor, dadme valor para que yo me desnude de mis pasiones y te siga desnudo de ellas, pues para enseñarme te desnudaste con tanta ignominia, y así digamos de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




UNDÉCIMA ESTACIÓN




En medio de dos ladrones

en la cruz le enarbolaron

y el cuerpo descoyuntaron

al clavarle los sayones.




Considera alma en esta undécima estación, cómo ya desnudo el Señor le volvieron a poner la corona de espinas, y luego le mandaron con gran imperio los verdugos al omnipotente Jesús, que se tendiese en la cruz, y el poderoso rey obedeció sin abrir su boca, y habiendo hecho los barrenos con toda malicia más largos, uno de los verdugos tomó la mano del Salvador y poniéndola sobre el agujero de la cruz, otro verdugo la clavó en él, penetrando a martilladas la palma del Señor con un clavo esquinado y fuerte, y después para clavar la otra, como no llegaba al agujero, ataron una cadena, a la muñeca y tirando con inaudita crueldad, ajustaron la mano sobre el agujero; pasaron a los pies y puesto uno sobre otro con otro clavo más fuerte se los clavaron: quedó aquel sagrado cuerpo, en quien estaba unida a la divinidad, clavado y fijo en la cruz, y aquella fábrica de sus miembros edificados y formados por el Espíritu Santo, tan descuadernados, que todos los huesos se le podían contar, porque todos quedaron descolocados y fuera de su lugar natural; desencajáronsele los del pecho, de los hombros y espaldas, y para mayor tormento le volvieron boca abajo para remachar los clavos: no cabe ponderación los dolores que padeció el Señor en este tormento, ni se conocerán hasta el día del juicio. ¿Pues cuál sería el dolor de la Virgen Madre al oír los golpes del martillo? ¡Oh, cómo creo, que aun mismo tiempo pasarían el corazón de la Madre cuando clavaban las manos de su Santísimo Hijo! Ruégote, Jesús mío, que, por estos dolores, me des a mí que sentir y llorar mis pecados, diciendo de todo corazón: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




DUODÉCIMA ESTACIÓN



Aquí murió el Redentor

Jesús: ¿cómo puede ser

que tanto amor llegue a ver

y que viva el pecador?




Considera alma en esta duodécima estación, cómo ya clavado el Señor levantaron la cruz en alto, fijando las lanzas y los demás instrumentos en el cuerpo del Señor, conque le hicieron profundas heridas debajo de los brazos; dejaron caer de golpe la cruz y con él se estremeció todo su cuerpo se le abrieron todas sus llagas: rasgáronsele las manos y los pies, y de todas partes comenzó a correr la sangre con tanta abundancia que se puede decir que llovía sangre. ¡Oh corazones cristianos! si tenéis sed acudir a las fuentes cristalinas de nuestro Salvador que están patentes y bebed a boca llena, sin que os cueste plata ni oro, pues a todos se da de balde y sin envidia se comunica. Quedó nuestro Salvador pendiente de la cruz al aire en medio de dos ladrones; en medio de ellos, como si fuera el peor de todos, que es mejor que aún los mismos ángeles; como a tal le blasfemaban diciéndole mil injurias y burlándose de su Majestad, y moviendo las cabezas a un lado y a otro con gran mofa y escarnio le decían: ahora sí que estás como tus maldades merecen y tus embustes, en medio de tantos dolores e ingratitudes de los hombres. Olvidado de todo y atendiendo a quien era dijo aquellas siete palabras tan llenas de misterio.

La primera fue rogar por aquellos que le crucificaron a su padre celestial, diciendo con aquella voz ronca y lastimosa; padre, perdonad a estos porque no saben lo que se hacen. La segunda fue perdonar al buen ladrón y prometerle que luego sería con él en el paraíso, para animarnos a todos a la penitencia, ofreciéndonos de contado su misericordia. La tercera fue decir a su Santísima Madre, mujer: he ahí a tu hijo y a San Juan, he ahí a tu Madre, que fue darnos a todos los cristianos a María Santísima por madre; los cuales representaba el santo Evangelista, y que todos la tuviésemos por tal. La cuarta fue quejarse a su padre celestial diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis desamparado? Esto dijo también quejándose de los malos que no habían de querer aprovecharse de su santísima pasión, siendo así que por todos padecía y a todos alcanzaba, si todos quisiesen aprovecharse de ella. Y por eso dijo en la quinta: sed tengo, esto es, que tenía deseo de que todos se salvasen y que ninguno se condenase. La sexta fue decir, acabada está la obra de la redención humana; ya yo he cumplido con todo lo que convenía para la salud y remedio de los hombres; si ellos quisieran entrar en el reino de los Cielos, ya les he enseñado el camino y he abierto las puertas con bastante trabajo. Y finalmente, en la séptima: padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, y dando esta última voz espiró.

En las tres horas que estuvo su Majestad padeciendo tan inmensos dolores en la cruz, todas las criaturas se turbaron y sintieron la muerte de su Criador: el sol se oscureció, la luna se llenó de sangre, la tierra tembló, las piedras se quebraron unas con otras, los sepulcros se abrieron, y el velo del templo se rasgó en dos partes. ¡Oh corazón ingrato! ¿Pues cómo tú no te partes de dolor cuando en este día las mismas piedras se hicieron pedazos, habiendo muerto este Señor por ti y no por ellas? ¡Oh señor! más duro soy que las mismas piedras, pues estas no debiéndote a ti tanto, sienten tu muerte; y yo Señor, que te debo más no lo siento como ellas. Pues ea, Señor, dulce Jesús de mi alma, dadnos a conocer la gravedad de nuestras culpas para llorarlas amargamente y reconozco lo excesivo de vuestro amor al sufrir azotes, corona de espinas, afrentas, escarnios y muerte de cruz como Vos padeciste por nuestros pecados, y pues si ellos fueron la causa, os pedimos humildemente perdón de todos ellos, diciendo de lo íntimo de nuestro corazón:

Señor mío Jesucristo, etc.



DECIMOTERCERA ESTACIÓN



Los clavos ¡qué compasión!

y espinas que le quitaron,

segunda vez traspasaron

de María el corazón.




En esta estación, considera a Cristo ya difunto en la cruz y a su madre María al pie de ella dolorida; y cuando le pareció a la afligida Madre que ya habían cesado las crueldades con su Santísimo Hijo por estar ya difunto, llegaron los soldados al pie de la cruz y uno de ellos enristrando la lanza le penetró el costado y al punto salió aquella sangre y agua para sanar nuestra herida, como lo hizo con el mismo soldado que abrió la herida, pues dispuso su Majestad que le tocasen algunas gotas, con las cuales quedó con vista en el cuerpo, que apenas la tenía, y con mas en el alma: fue después muy gran santo, y todo fue a petición de María Santísima, que fue la que sintió la lanzada en su castísimo pecho, lo cual no pudo el de su hijo por estar ya difunto. ¡Oh, caridad de Hijo y caridad de tal Madre, que así pagan con tan grandes beneficios los mayores agravios! Ruégote ¡oh Madre piadosa! que por este dolor que sentiste me alcances de tu Santísimo Hijo que me conceda una gota de su preciosísima sangre, para que abriendo los ojos de mi alma vea las manchas de mis culpas y las lave con la penitencia diciendo: Pésame, Señor, de todo corazón, haberte ofendido con la maldad y multitud de mis pecados, pues sois infinitamente bueno, justo y misericordioso conmigo, y os habéis entregado a la muerte, y muerte de cruz, para redimirme.




DECIMOCUARTA ESTACIÓN



Llegó al ocaso la luz,

entra cristiano, y sin tasa

en el sepulcro repasa

los misterios de la Cruz.





En esta estación considera cómo se hallaría María Santísima al pie de la cruz viendo que ya corría la tarde y no tenía remedio ni sabía cómo bajar a su Santísimo Hijo de la cruz y darle sepultura: hallábase tan pobre la reina de todo lo criado que aún no tenía una mortaja para su difunto dueño, el que lo es de todas las cosas.

¡Oh que soledad tan dolorosa! ¡Dios eterno, no habrá remedio para consolar a vuestra hija! Ya previno su Majestad aquellos dos nobles varones y devotos José y Nicodemus para que bajando el cuerpo de su divino maestro lo diesen honrosa sepultura; llegaron los dos varones a la presencia de María Santísima, y al ver el espectáculo lastimoso de Jesús no pudieron saludar a la Madre dolorida, porque todos se hicieron un mar de lágrimas, tanto que fue preciso que la señora los alentase, y así pusieron las escaleras para bajar el sagrado cuerpo; quitáronle la corona de espinas y los clavos, el sagrado Evangelista se los entregó a la Madre que los recibió de rodillas con grande dolor, adorándolos y llevándolos a su virginal rostro, regándolos con abundantes lágrimas. Luego bajaron el cuerpo y lo pusieron en los brazos de su dulcísima Madre, renovando en su corazón todos aquellos dolores que el Señor había padecido, porque registrando todas sus llagas las iba regando con lágrimas de sangre que vertía sobre ellas. ¡Oh que dolor! ¡Oh que suspiros no exhalaba aquella paloma cándida! ¡Oh almas católicas! Lleguemos a adorar a Jesús en los brazos de su dulcísima Madre, miremos su desnudez, atendamos sus llagas, consideremos su obediencia, pues por ella y por redimir a los hombres murió pobre y afligido. ¿Pues quién se rehúsa el obedecer ser pobre y padecer por su amor? Luego ordenaron la procesión y llevaron al sepulcro el cuerpo difunto de Jesús, que a todos da vida. Saca de aquí grandes ansias de recibir a Cristo sacramentado, ofrécele tu corazón para que sea sepulcro vivo de su Majestad, procurando renovarle con la penitencia. Luego que depositaron el sagrado cuerpo se retiraron todos y María Santísima en su oratorio, donde estuvo sola, considerando la pasión de su Santísimo Hijo hasta el día que resucitó. Procura tú acompañarla en esta soledad tan dolorosa con el afecto de tu corazón, hasta que veas al Señor resucitado en tu alma con la gracia, y para conseguirlo, ahora di de lo íntimo de tu corazón: Señor mío Jesucristo, etc. Amén.




ORACIÓN A JESÚS CRUCIFICADO



¡Oh sacratísimo hijo del Padre eterno!

¡Oh espejo de las finezas de su grandísimo amor! Alabado sea mi Dios. ¡Oh mi digno Redentor, que por salvar a todos los hombres quisiste morir a fuerza de los más crueles tormentos en el árbol de la cruz! Alabado sea mi Dios.

¡Yo te adoro agradecido y así mismo lastimado en ver lo que padecéis por mis muchas culpas! Alabado sea mi Dios.

Adoro tu sagrada cabeza, que miro tan llena de heridas y coronada de espinas, porque mi alma pudiese ser coronada en el reino de los Cielos. Alabado sea mi Dios.

Adoro tus santísimos ojos, que miro eclipsados con los arroyos de sangre que corren de las espinas por ese tu soberano rostro. Alabado sea mi Dios.

Adoro tu sagrada boca, cuyas dulcísimas palabras de tal modo enamoraban, que se admiraban las gentes de sí cuando las escuchaban. Alabado sea mi Dios.

Adoro tus benditísimas manos, que aún las veo clavadas con esos dos gruesos clavos, y venero en ellas dos fuentes o copiosos manantiales de prodigios y milagros. Alabado sea mi Dios.

Adoro tus sacratísimas rodillas dándote gracias por las veces que hincaron en el suelo sobre la tierra desnuda a pedir misericordia para todos los mortales. Alabado sea mi Dios.

Adoro y beso tus sacratísimos pies, que como otra Magdalena quisiera regar con lágrimas, por los pasos que anduvieron en busca de pecadores que convertir y llevar a la gloria. Alabado sea mi Dios.

Adoro esas cinco llagas de manos, pies y costado, en que miro cinco fuentes para el remedio de todo género humano. Alabado sea mi Dios.

Adoro tu sacratísimo cuerpo todo cubierto de llagas, que con cinco mil azotes le abrieron sus enemigos; mas yo adoro en ellas cinco mil bocas sagradas que a una voz están pidiendo al padre Eterno el perdón de todas mis culpas. Alabado sea mi Dios.

¡Oh Jesús soberano! ruego por tu acerbísima pasión tengas piedad de mí, pues conoces mi necesidad; en tus manos, Señor, me ofrezco rendido a tu voluntad, y espero en vuestra divina misericordia que me has de sacar en paz de esta vida para gozarte en la eterna por los siglos de los siglos. Amén.



(Sacado del Manual del Cristiano del Dr. D. José Pulido y Espinosa, Capellán de Honor y predicador de S. M., etc., etc. Edición de 1866)

María es la primera y más perfecta Amadora de Cristo

 

 “De María, nunquam satis”, nos dejó escrito san Bernardo; y es que, verdaderamente, nunca diremos suficiente de quien hizo posible, con su fiat, la redención del género humano.

Los cuatro dogmas que sobre la Reina de la Creación formula la Santa Iglesia Católica: Que es Madre de Dios; que fue concebida Inmaculada; que su Virginidad es perpetua, y que fue asunta al cielo, quizá no tarden en acompañarse de un quinto dogma: María Corredentora. Y es que si María no hubiese dado su sí a Dios, la redención no se hubiera producido, al no encarnarse el Verbo.

¿No es maravilloso contemplar cómo, desde antes de la creación del Universo, Dios mismo ya tenía el germen Inmaculado de María preservado de toda impureza? Y es que a la que, como esposa virginal del Espíritu Santo, concebiría a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, dando su carne y su sangre al Verbo encarnado en sus entrañas, ¿no iba Dios a crearla perfecta en grado sumo y por encima de cualquier ser creado? Sí, efectivamente: María es de tal perfección que nunca podremos decir bastante de sus atributos.

Cuando María, al oír el anuncio que le transmite el arcángel san Gabriel, se turbó grandemente debido a la humildad fruto de su santidad, no duda un solo instante de que cuanto está contemplando y oyendo viene directamente de Dios, pues su fe es inquebrantable, y no existe en ella el más mínimo atisbo de duda, ya que al contestar a san Gabriel que ¿cómo será eso, pues no conozco varón? no está expresando desconfianza o incredulidad, sino reafirmándose en su preciosa Virginidad.

¡Qué lección magistral de humildad y obediencia la de María ante el anuncio del arcángel! Se le dice que concebirá al que será llamado Hijo de Dios, pues el Espíritu Santo vendrá sobre ella y la fuerza del Altísimo la cubrirá con su sombra y, en vez de poner trabas o mostrar recelo ante anuncio tan insólito, se declara esclava del Señor. En el siglo XXI es difícil comprender la trascendencia de esa afirmación, pues la esclavitud, entendida como tal, prácticamente ha desaparecido; pero, en la época en que vivía María, el esclavo no era dueño de sí mismo, pues pertenecía totalmente a su amo, por lo que hasta su vida dependía del capricho de él, y María veía ejemplos de ello a diario. Por eso, al declararse esclava del Señor, María era perfectamente consciente de que, por voluntad propia, perdía totalmente su libertad; es decir, se anonadaba en grado sumo, hasta prácticamente desaparecer para integrarse en Aquel de quien se declaraba esclava.

Realmente nunquam satis, pues María no se conforma con ser esclava del Señor, sino que, pudiendo decir a san Gabriel que haría lo que acababa de oír, como es casi seguro que cualquiera de nosotros habría dicho, ella confirma su esclavitud y su anonadamiento total, respondiendo: hágase en mí según tu palabra. ¡María se deja hacer!, sin poner impedimento alguno a la acción de Dios en ella.


Imagen: La Anunciación, de Paolo de Matteis (1662-1728)