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Las crisis



La crisis de fe que, desde hace décadas, afecta prácticamente a la totalidad de los ciudadanos de los cinco continentes, ha producido una crisis de valores ──morales, éticos, religiosos──, que ha desembocado en una crisis económica de gran magnitud.

Afirmar que son sólo quimeras los principios que mueven a los católicos a ser ejemplo viviente del mensaje de Jesucristo, es ignorar la propia esencia del ser humano y, en su conjunto, de la sociedad en la que ha de vivir y convivir. El mandato «amaos los unos a los otros como yo os he amado» no es un mero consejo del amigo que es capaz de dar su vida por la tuya, sino el precepto fundamental para conseguir que la convivencia entre los seres humanos sea posible.

Por ello, es fundamental que los cimientos de la convivencia tengan la profundidad y solidez de una fe arraigada en lo más íntimo de nuestro ser: si la fe mueve montañas podrá movernos a construir el mundo mejor que todos deseamos. Entendemos aquí por fe no sólo nuestro asentimiento a la revelación de Dios, sino fundamentalmente a creer, sin limitación alguna, en la existencia de Dios, creador de todas las cosas, y en que me ama infinitamente.

Se puede comprobar con facilidad, sin necesidad de poseer profundos conocimientos filosóficos o teológicos, que el egoísmo y egocentrismo reinantes en todos los ámbitos ha desembocado en una desafectación de la convivencia y en una ruptura con los principios morales y éticos que han de regir las relaciones dentro de la sociedad. La peor pandemia que sufre actualmente la humanidad es la que produce el deseo de poseer ──no sólo las cosas materiales sino a las propias personas── a costa de todo, incluso con la fuerza de las armas.

Si, efectivamente, volvemos a enraizar en nosotros la fe católica y, por ende, practicamos el precepto del amor fraterno, seremos la vacuna que salvará a la humanidad de todos sus males, incluso de la tan temida crisis económica.

"El mal menor"



En una de las grabaciones publicadas en este blog, el Espíritu Santo nos mostraba que, cuando pecamos, con ser muy importante la gravedad del pecado concreto, que lo es, es accesoria pues, como en el caso de las enfermedades, tengamos un cáncer o un resfriado, careceremos de salud: lo verdaderamente terrible del pecado, aparte de su gravedad, es que con él nos separamos de Dios y dejamos de amarle, nos enfrentamos a Él, le ignoramos, poniéndonos nosotros en su lugar.

Hay momentos en nuestra vida en los que parece que hemos de decidir optar por lo “menos malo”, y no somos capaces de ver las consecuencias que puede tener tomar una decisión así. Si, utilizando nuestra fe y moral católica, lo pensamos detenidamente, nos damos cuenta de que esa decisión nos coloca fuera de la Iglesia: el mal es la negación del bien, la ausencia de bien; puesto que Dios es el Bien absoluto, con esa postura nos separamos de Él, le negamos pues, aunque sea optando por el “mal menor”, seguimos negando el Bien, que es Dios, por pequeño que, ante nuestros ojos, sea el mal elegido.

¿Tan difícil es ser coherentes con nuestra fe católica? ¿Tan débil es nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad? ¿Acaso no somos capaces de aceptar que la providencia divina nos ayuda a encontrar siempre el bien? Efectivamente: Dios es el Bien absoluto y siempre está a nuestro lado para protegernos y ayudarnos a alcanzarlo. No tenemos excusa: “Si el afligido clama al Señor, Él lo escucha”.

No nos dejemos engañar por el enemigo: no aceptemos, en situación alguna, el “mal menor” sino, por el contrario, luchemos por hacer la voluntad de Dios, que siempre está en hacer el bien. Si se lo pedimos a Él, sin duda nos mostrará con claridad el camino a seguir, en la senda del bien.

Imitemos a María: Ella nunca eligió “el mal menor”; por el contrario, se hizo la esclava del Señor y le pidió que se hiciese en ella su voluntad. A nosotros, como a los siervos de Caná, nos dice: “Haced lo que Él os diga”. Y Él nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. ¿Seguiremos dudando y escogeremos el “mal menor”?...