
(Suplemento, Homilía 6 sobre la oración: PG 64, 462-466)


De una catequesis de san Juan María Vianney (santo Cura de Ars), presbítero, sobre la oración
(A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, París 1899, pp. 87-89)
Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.
La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.
Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.
Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.
Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.
Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.
Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: “Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...” Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

Las prisas, los nervios, los ruidos... El trabajo, los desplazamientos, la vorágine de las diversiones... El continuo bombardeo de imágenes y sonidos exteriores a nosotros, nos someten a un sinfín de situaciones que nos agobian y nos separan de nosotros mismos y de Dios.
Llegamos a olvidar que tenemos “la necesidad de orar siempre, sin desfallecer” (1) y que “la oración debe tener el primer puesto en la vida cristiana” (2), aún sabiendo que se nos dice: “Velad y orad” (3); “pedid y se os dará” (4); “porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (5).
En el hogar, la familia es “iglesia doméstica” (6) y “cumplirá con su misión apostólica, si por la piedad mutua de sus miembros y la oración dirigida a Dios en común, se presenta como un santuario familiar de la Iglesia” (7). No podemos dudar que “la oración refuerza la solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de la fuerza de Dios” (8).
Por eso, en todos los hogares católicos, “para la oración personal, el lugar favorable puede ser un rincón de oración, con las Sagradas Escrituras e imágenes, a fin de estar en lo secreto ante nuestro Padre (cf. Mt. 6, 6 ). En una familia cristiana este tipo de pequeño oratorio favorece la oración en común” (9).
La piedad, la creatividad, el gusto y las habilidades decorativas de los diferentes miembros de la familia han de ponerse de manifiesto a la hora de realizar este oratorio familiar que, por supuesto, debe estar alejado de ruidos y distracciones, sin dejar por ello de ocupar un sitio preferente dentro del hogar.
“¡Cuántas familias rezan en el mundo! Rezan los niños, a los cuales pertenece, en primer lugar, el reino de los cielos (cf. Mt. 18, 2-5); gracias a ellos rezan no solamente las madres, sino también los padres, volviendo a veces a la práctica religiosa de la que se habían alejado” (10).
Sepamos discernir sobre el verdadero valor de las cosas: comprobaremos que el tener un oratorio en nuestro hogar es más importante que tener tantas otras cosas por las que somos capaces de hacer grandes sacrificios; es, realmente, una necesidad de hoy… y de siempre.
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(1) LC. 18, 1-5. (2) Juan Pablo II, 15-3-92. (3 ) Mt. 26, 41. (4) Mt. 7, 7-8. (5) Oseas, 6, 6. (6) Conc. Vat.II, LG 11. (7) Conc. Vat II, AA11. (8) Juan Pablo II, C. a las Familias. (9) Cat. Igl. Católica, n. 2691. (10) Juan Pablo II, 13-3-94.