Homilia de Mons. Santiago García Aracil,
Arzobispo de Mérida-Badajoz,
en el Miércoles de Ceniza

Queridos hermanos sacerdotes,

Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

1.- Hoy, comenzamos la cuaresma que es tiempo de conversión.

La conversión es, o debe ser, el paso del mal al bien, de lo malo, defectuoso o mediocre, a lo bueno, a lo competente y a lo realizado con esmero y pulcritud.

El esmero y la pulcritud en nuestro quehacer ha de estar inspirado en la naturaleza de lo que estamos llamados a realizar, y en cuya mejora comprometemos nuestra voluntad de conversión.

Pero nunca sabremos lo que debemos hacer y, en consecuencia, difícilmente lograremos realizarlo como es debido si no tenemos bien claro lo que somos y a donde se orienta nuestra vida. Nuestra identidad original, como imagen y semejanza de Dios, y nuestra identidad cristiana como bautizados, ambas como una misma realidad, deben ser el crisol que vaya señalando la línea y la urgencia de nuestra conversión. Pero no podemos lograr esto si no profundizamos en lo que significa ser cristiano. Y, para saberlo, podemos tropezar con un inconveniente. Cuando el cristianismo es entendido teniendo como referencia una tradición vivida durante mucho tiempo como un fenómeno social, corremos el peligro de considerarlo, principalmente, como el cumplimiento de unas prácticas y como la abstención de lo incorrecto porque está prohibido.

Esta visión del cristianismo sería tan errónea como engañosa. Siempre estuvo muy lejos de la voluntad de Jesucristo presentarnos su mensaje como una lista de mandatos y prohibiciones. En cambio, lamentablemente, esta es una forma muy extendida de entender el Evangelio. Por ello oímos con frecuencia juicios de valor sobre lo que debe ser la vida cristiana que casi nada tienen que ver con lo que Jesucristo quiso enseñarnos.

2.- Jesucristo nos dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros…”; y san Juan añade: “… en esto consiste el amor…, en que Dios nos amó primero” (cf. Jn. 13, 35; 1Jn. 4, 10).

Por tanto, ser cristiano es algo irrealizable si no se mira de frente a Jesucristo, si no se descubre hasta qué punto nos ha amado y nos ama, y si no llegamos a convencernos de que nuestra misión primera es descubrir su amor, agradecérselo y procurar amarle cumpliendo el mandamiento nuevo: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). No se puede amar a Dios sin ser urgidos a amar a los hermanos, especialmente a los más desposeídos. Por la misma razón es imposible dar un claro testimonio de que amamos a Dios si no amamos a los hermanos. Así nos lo enseña S. Juan: “Si alguno dice: , y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento; quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4, 20-21)

Vivir entendiendo nuestra existencia como un regalo de Dios es y debe ser el punto fundamental de nuestra conversión cuaresmal. Esta conversión constituye la mayor y más necesaria tarea para entender y vivir el amor a Dios y al prójimo. Y saberse amados por Dios es condición imprescindible para ser ganados por su amor y terminar amándole sobre todas las cosas. ¿No es esto lo que debemos procurar en la Cuaresma? 

3.- No podemos olvidar que la vivencia del cristianismo, como la de cualquier otra forma de vida implica el seguimiento de unas directrices que han de dar forma a nuestras actitudes, volcándolas en comportamientos acordes con lo que decimos ser y creer. 

Pero estas directrices, que la Iglesia nos ofrece fielmente por mandato de Jesucristo, pueden llegar a nosotros como incomprensibles o como anacrónicas. Ese sería el caso de quien interpretara el Evangelio estando condicionado por los criterios y formas de vivir de quienes no conocen a Jesucristo ni han escuchado a la Iglesia.

Por todo ello, la conversión a que nos llama el Señor en la Cuaresma, tiene un objetivo fundamental: profundizar en lo que es la esencia del cristianismo. Esa esencia es el Misterio de Dios manifestado en Jesucristo. La conversión cuaresmal nos ha de llevar, como con secuencia, a aprender lo que, en verdad, quiere Dios de cada uno de nosotros al enviarnos a su Hijo Jesucristo como Redentor y Maestro. A partir de ello buscaremos cómo configurar nuestra vida con la voluntad del Señor.

A esto nos llama hoy el Señor a través de san Pablo: “os lo pido por Cristo; dejaos reconciliar con Dios” (2Cor 5, 20).

4.- Esta llamada del Señor lleva consigo el aliento para atenderla y la luz para entenderla. Dios no nos deja solos ante el Misterio. San Pablo, antes de pedirnos hoy que no echemos en saco roto la gracia de Dios, nos advierte que nuestra responsabilidad está en dejarnos reconciliar con Dios. Es Dios quien quiere reconciliarnos con Él. Dios toma la iniciativa siempre, porque su amor es infinito, y es Padre antes que juez. Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad (cf. 1 Tim. 2, 4).

Reconciliarnos con Dios es lo mismo que dejar que él nos haga ver la vida y las cosas con los ojos de Dios. A esto se compromete el Señor a través de su Iglesia, mediante su palabra, mediante la oración, y mediante la participación en los sacramentos. Pero esto requiere, a su vez, que nos dejemos llevar por la enseñanza de Jesucristo que la Iglesia nos transmite; porque él mismo nos ha dicho: “en el día de la salvación te ayudo” (2Cor 6, 2). Y añade: “Mirad, ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación” (2Cor 6, 2).

Así mirado nuestro deber cuaresmal de conversión, llegamos a concluir que todo lo que nosotros debemos hacer es dejar que Dios obre en nosotros, acercándonos a él allí donde Él se manifiesta y se acerca a nosotros.

5.- En la conversión cuaresmal debemos renovar y encauzar nuestra conciencia de que somos la gran familia de los hijos de Dios. Por tanto, debemos aclararnos en la enseñanza permanente del Evangelio que el Papa Benedicto XVI nos recuerda en el Mensaje para esta Cuaresma, diciéndonos: “Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula unos a otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tiene que ver con mi vida y mi salvación…En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican” (o.cv. 2).

La esencial vinculación entre los bautizados, ha de llevarnos, especialmente durante la Cuaresma, a orar por la recuperación de los hermanos alejados de la fe; de quienes han compuesto un evangelio a su propia medida y se distancian cada vez más, sin darse cuenta, de la Verdad de Jesucristo. 

Al mismo tiempo debemos dar gracias a Dios por los alentadores testimonios de fidelidad al Señor, vividos por tantos hermanos con verdadera alegría, que nos sirven de ejemplo y estímulo para vivir en la esperanza.

6.- Pidamos a la Santísima Virgen María, alabada por el Señor como maestra en la escucha de la palabra de Dios y en la generosa respuesta a su llamada, que nos ayude a programar y a conseguir en esta Cuaresma una verdadera conversión.

Que así sea.

 + Santiago, Arzobispo de Mérida-Badajoz
Miércoles, 22 de febrero, 2012 



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